Tatuajes y no el de la Piquer

No sé si estamos en el final del verano, esperando la vuelta a la normalidad o simplemente dejando pasar los días mientras nuestros políticos se entretienen en sus componendas. Es, por tanto, un día de esos en los que no merece la pena mirar hacia el mundo diario, máxime cuando este está ensombrecido por la tragedia de Italia y por más bombas en Turquía.

Mejor dedicarlo a pensar sobre algo ahora siempre actual, y que ahora, con los despelotes veraniegos es más evidente, una de esas cosas que me llaman la atención y que almaceno en mí, a veces, inestable memoria.

En este caso, la moda de los tatuajes y sus amorosos portadores y acarreadoras.

No hace tantos años, llevar un tatuaje era cosa de marinos aventureros, vueltos de procelosos mares o de legionarios con una historia detrás, las más de las veces tabernaria y guerrera.  Hoy, esto ha cambiado, todo quisque “necesita” llevar un tatuaje molón.

Niñas bien, o casi bien, mozalbetes imberbes, señoras cuarentonas, fulanos ya en una casi decadente ¿madurez?, y todo tipo de personajes varios, se dejan trastear, pinchar, horadar y pintarrajear águilas, carteles, y lemas en los más variopintos lenguajes en cualquier recóndito lugar de sus anatomías.

Desde que la Piquer cantara aquello del nombre tatuado en el hombre rubio como la cerveza, la cosa ha cambiado tela. Ahora hay tatuajes de todo jaez, algunos almibarados, otros agresivos, futuristas, e incluso presuntamente filosóficos.

Aquello del “Amor de madre” o “Te quiero Perenganita” ya han quedado en el olvido. Ahora es más fácil ver la cara de una flamenca de moda, o el personaje de cine del momento, que algo personal. Hay sin embargo, quien se acuerda de tatuarse los nombres de sus niños y su fecha de nacimiento, alegando, mira por donde, es porque los quieren más que nadie, aunque a mí me da en la nariz que es porque les pasa lo que a mí, que nunca recuerdo esas efemérides familiares. Ni que decir tiene que los niños acostumbran a llamarse Kevin, Yerai, o Christopher, todos nombres de rancia raigambre hispánica. Pero lo que yo he solucionado con una tarjetita mínima en la cartera para recordarlo por medios externos, ahora es moda incrustárselo en el pellejo y encima fardar del asunto.

Una de las cosas que nadie aclara, es lo que va a pasar cuando esas carnes, en este momento trabajadas en gimnasios, joggings, raftings, y dietas maravillosas, se vengan abajo con el paso de los años. Qué pasará cuando esas águilas ahora  desafiantes  y de pico agresivo se vayan desparramando por barrigas cerveceras y esos picos estén a la altura del ombligo. Cuando la siliconas de esos tetámenes actuales se hayan descompuesto y se asemejen a dos lenguados pasados de fecha. Cuando  algunos, se enteran que el lema tibetano que ellos creían es en realidad un anuncio comercial nepalí de venta de lavadoras… Un horror.

Los geriátricos y residencias de ancianos van a ser un desfile de horrores y una credencial de una vida inútil. Menos mal, que para cuando esos hijos de la LOGSE lleguen a ese punto, y los picos de las águilas tatuadas a la altura del pecho ya les estén picoteando en las bajeras, yo ya no estaré en este mundo. Es un consuelo, quizás lo de irse de él tenga incluso algunas ventajas y esta sea una de ellas.

20160806_124224Para despedirme, invito a un café en esta cafetería, la más pequeña que nunca haya visto. Lo complicado es que está en Copenhagen, donde un cafelito caliente en invierno viene mejor que bien. Por cierto, no busquéis caras conocidas, la foto se la hice al cacharro, sin familia alrededor.

Hasta mañana                             Pepeprado

Pepeprado
Written by Pepeprado
De Málaga, España